Acheronta  - Revista de Psicoanálisis y Cultura
Literatura y Psicoanálisis
Albert Garcia i Hernandez

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Agradecimientos.

Quiero agradecer la invitación de Janeth que me ha permitido varias cosas: desde luego, poder estar con ustedes. Pero también comprobar que sostener el deseo, pase lo que pase, es un camino difícil, duro, del que se paga fuerte; pero mucho menos que no sostenerlo. Digo esto con cautela pues hoy no estamos aquí para hablar de los bienes.

Se paga fuerte, pero se acierta en la medida en que uno parece hacerse mejor cargo de lo que podríamos llamar destino. Por eso me alegro al comprobar que Janeth apostó por no estar en ciertos lugares y, también por eso y porque lo sostuvo, hoy puedo estar aquí.

Quiero agradecer a los autores (vean: ya entramos en materia literaria) de los textos que me han refrescado y, en ocasiones, condensado esas ideas que todos llevamos dentro justito antes de intentar plasmarlas en esa cosa que nos une y nos distancia que es la palabra.

Por ejemplo, los textos resultantes de un ciclo de conferencias y debates llevado a cabo en Argentina, en el 2001, con el título "Vecindades entre Literatura y Psicoanálisis" bajo la dirección de mi compañera en el consejo de redacción de la revista electrónica Acheronta, la ya desaparecida, Norma Ferrari.

A raíz de la publicación de un texto sobre el amor que pronuncié en Palma de Mallorca, recibí opiniones, muy diversas y desde diversos lugares, entre las que se encontraba la de una colega de México, María Luisa González, que está trabajando sobre una poeta argentina, Alejandra Pizarnik. Le agradezco que me diera a conocer a esta autora cuya lectura me impresionó y coincidió con la propuesta, en el tiempo, de Janeth para estar hoy aquí.

Literatura y psicoanálisis 1

El título de este encuentro es "Literatura y psicoanálisis".

No sé si será coincidencia o no, porque el azar no existe, pero me alegro de que los dos conceptos estén en ese orden: primero, la literatura; y, luego, el psicoanálisis.

¿Qué pasaría si fuera al revés?

Podría ser que "psicoanálisis y literatura" significara que con el psicoanálisis se hiciera literatura.

O bien, podría significar que se "psicoanalizara" la literatura, es decir que se intentara tomar un escrito y aplicarle algo, que desde luego no sería psicoanálisis, con la temeridad de encajar allí un diagnóstico, unas conclusiones sobre la estructura, etc., del autor. Pero, empecemos a decirlo, el autor no es el sujeto de un psicoanálisis.

En el primer caso, llegar a escribir buena literatura a partir del "tema psicoanálisis" es bien difícil, a la vista de los resultados de lo escrito y leído hasta la fecha. Hay tantas escuelas u orientaciones que marcan, aun sin saberlo, tantos tipos de literatura que resultará. Cosa que no es de extrañar. No es cuestión de recorrerlas, no tendríamos serán su consecuencia. Pero sí podemos deleitarnos con muchos de los escritos de Freud quien llegó a ser, hay que reconocerlo, un buen escritor. Tal es el caso de Lacan, aun con su estilo críptico, que ha dado páginas de una gran belleza. Volveremos sobre ello, pero no sin remarcar que ambos no sólo gozaban de una cultura amplia sino que de ello hacían uso adecuado y creativo desde esa sensibilidad especial que la autoría, como tal, requiere.

Otra cosa son las imitaciones. No merecen ningún comentario.

También ocurre que los usos y costumbres instalados en el malestar literario de nuestro tiempo han desatado unas maneras que dan pena, cuando no imposibilitan la lectura. No me estoy refiriendo únicamente a las traducciones erradas (no diré que traicioneras) de textos, aunque esa sola cuestión ya sería suficiente para alarmarnos. Me refiero a algo que debería ser tenido más en cuenta por los psicoanalistas y cae en el olvido a una velocidad y desde unas premisas que, en el mejor de los casos, no son sino confusas. Me refiero al estilo, del que hablaremos pronto.

Me refiero también a la dudosa autoría de todo aquello que circula bajo la pretensión de escritos sobre el psicoanálisis. Hay toneladas de lo que podríamos llamar el "corta y pega", que la aparición del ordenador personal (qué frase, ésta, tan contradictoria: ordenador personal) no ha hecho sino magnificar en sus peores muestras. Confundir, sin ir más lejos, el estilo propio de Lacan con la ininteligibilidad del glosador de turno es un mal de nuestro tiempo, digamos, lacaniano. La pretensión de haber entendido algo, cuando muchas veces se trataría de lograr lo contrario, es decir, de no entenderlo todo, se suele traducir por un cambalache seudo arquitectónico cuyo lamentable resultado no es sino el pegamento inoportuno y deslavazado de fragmentos originales ordenados de manera tan caótica que ni siquiera tiene la gracia del sin sentido. Añadamos a ello otro mal de nuestro tiempo que es el tráfico incesante entre colegas, desde el que escribió en origen y empezó a consultar a otros, hasta la huella de tanta cuchara metida en todo el trayecto. Creo poder atreverme a decir que poquísimos textos de unos años, bastantes, a esta parte podrían ser considerados de un solo autor, aunque vayan firmados por uno sólo.

Esto, que parece algo banal, es más importante de lo que se le supone, porque hurta a los lectores el proceso de constitución de un texto. Si éste fuera literario, no tendría tanta importancia, salvo para los estudiosos de la obra de un autor –siempre los hay; siempre hay que hacer una tesis doctoral, por ejemplo-. Pero estamos hablando de textos de trabajo sobre el psicoanálisis. Campo que, hay que recordarlo, ni siquiera está homologado por el discurso universitario español. Tiempo al tiempo. Como todo ese proceso de consultas, correcciones, apuntes, se lleva a cabo entre colegas a un nivel interno, antes de que el escrito definitivo salga a la luz, todo lo que pueda tener de interesante en ese recorrido quedará, si es que queda, en el dietario personal de algunos de ellos. Desde esa realidad, no sé a qué viene la frase "poner a cielo abierto", con la que se suelen llenar ciertas bocas lacanianas. También se hace un flaco favor a un aspecto imprescindible del psicoanálisis: leer el desarrollo, incluso el contenido objeto del propio psicoanálisis. Un poco más de riesgo sería bienvenido, porque no sé cuándo volverán a arriesgarse los psicoanalistas en un lugar en que todos los días escuchan arriesgarse a sus pacientes cada vez que abren la boca.

Decía también, como segundo caso, que hay una tentación habitual de psicoanalizar la literatura.

Quiero dejar bien clara mi posición al respecto: me parece imposible.

El psicoanálisis es un dispositivo en que un sujeto habla y otro escucha. En la profunda y casi intransferible soledad de ese acto. Pero de lo que se trata allí es de la palabra, no del escrito. Sépanlo aquellos que hurtan su cuerpo cuando ofrecen un análisis "on line".

Una cosa es haber llegado a ser Freud o Lacan y atreverse a meter la pluma en Schreber o en Joyce y otra cosa es ser aprendiz de brujo y meter la pluma como quien mete la pata. He citado dos ejemplos, el de Schreber y el de Joyce, con toda la intención porque el objeto de su estudio se acerca a la psicosis. Eso, como otras muchísimas cosas, también tomó direcciones imitativas y, por tanto, exageradas y llegó el tiempo en que la inclinación a pensar cualquier creación literaria como producto de una estructura psicótica fue excesiva. Sobre todo si algún, o alguna, que también las hay, "autoportavoz" del legado lacaniano dictaba un seminario o simplemente se hacía eco de esa posibilidad. Faltaba poco, entonces, para inundar el campo de descubrimientos de casos de psicosis en escritores. No entraremos a comentar los estragos que eso puede alcanzar en aquellos escritores, se analicen o no, o, simplemente, se acerquen por pura curiosidad a un tema contemporáneo como el psicoanálisis, y lean allí la posibilidad de ser psicóticos sin saberlo. Ya saben ustedes qué suele ocurrir cuando entramos por primera vez en los textos del psicoanálisis: uno ve en cada síntoma leído sus propios síntomas, su propio caso. Más que meter la pluma, convendría ir con pies de plomo. A veces, un cambio de dos vocales sería suficiente para encauzar los desbordamientos.

Verán que en mis garbeos casuísticos me ciño bastante a la enseñanza de Freud y a la orientación de Lacan. Prefiero hablar de lo que conozco, aunque sea poco. Pero ustedes, algunos de ustedes, son estudiantes, médicos, psicoterapeutas, y podrán traducir a otros ámbitos lo que aquí nos ha convocado y, espero, de lo que podremos debatir más tarde.

El estilo

Empecemos a citar desde el "otro" bando, desde los literatos. Hay un libro inteligente y precioso de un autor que, a mi entender, propuso una de las pocas nuevas narrativas del pasado siglo, sin demasiado éxito mediático. Nada extraño cuando el éxito y lo mediático de nuestro tiempo aborrece el rigor. Se trata de Juan Benet. Pueden consultar su obra "La inspiración y el estilo". Citaría también algunos textos críticos del extraordinario poeta Luis Cernuda, contenidos en el volumen editado bajo el epígrafe de "Prosa". No me consta que ninguno de los dos tuviera conocimiento del psicoanálisis, pero, ya ven, también se hubieran defendido en ese campo. Hablan, efectivamente, del estilo, un concepto también empleado en psicoanálisis: el estilo de cada uno es su inconsciente. Aquello que, en literatura, hace singular a un autor. Un autor, por otro lado, que normalmente no es consciente de todo lo que escribe. Para que el escrito sea un escrito literario, utilizará las herramientas a su alcance imprimiendo un ritmo, un acento, un tono. El estilo literario puede ser pulido, trabajado, depurado. A ese resultado es al que se acercan aquellos que tratan de psicoanalizarlo. Y no es eso. Ya no es la palabra. Es otra cosa. Se puede leer una obra de arte pero no al sujeto que la produjo.

Pero hablamos del estilo e inmediatamente encontramos el puente entre literatura y psicoanálisis. El autor y el sujeto, llamémosle, analizante encuentran un lugar en que las piezas ya están colocadas sobre el tablero. A ambos les toca jugar.

Lo más común a ambos es el lenguaje. Y, más allá, la lengua. Y más allá todavía, el habla. Ambos también se van a ocupar en cómo se las arreglarán para articular algo imposible de decir, o sea: qué es ese objeto que nunca se tuvo pero del que se tiene la certeza de haberlo perdido. No sólo eso, sino que esa sensación, si se ha producido, es la que animará la historia particular en cada uno de cómo rastrearlo o de cómo traicionarlo. Añadamos: si no se produjo, de cómo sustituirlo, de cómo encontrar una suplencia de esa falta de pérdida, caso de la psicosis.

Tomando el descubrimiento de Freud, Lacan, en el seminario "La ética del Psicoanálisis", reitera que todo arte se caracteriza por cierto modo de organización del vacío, identificándolo a la estructura histérica. La religión se ocuparía de los modos de evitar ese vacío, actitud que identifica a la neurosis obsesiva. La ciencia no cree en el vacío y por ello podemos acercarla a la paranoia.

El analista tampoco escapa de su propio estilo. El recorrido de un análisis no garantiza, al menos creo que nadie lo dijo, la supresión del inconsciente; por tanto, del estilo propio. De ahí que, de diferentes maneras, exista algún tipo de supervisión con otro colega de los casos que un analista atiende. Un modo de pulir el estilo. Un modo de descubrir qué está poniendo de más una dirección de una cura por parte del analista. Un modo de saber qué resistencias están en marcha en quien puede llegar a pensar que las resistencias sólo lo son del analizante, del paciente.

Literatura y psicoanálisis 2

El inconsciente nace con el lenguaje. Sólo ese hecho sería suficiente para concluir que la literatura, es decir, la escritura del lenguaje, es muy anterior al psicoanálisis. Ni Freud ni por supuesto Lacan niegan en ningún momento tal orden. Lejos de ello, lo que hacen es servirse de la literatura para ir articulando lo que fundan que, como toda fundación, adolece de elementos que irán configurándose en el proceso. Proceso, por otro lado, abierto. Lo contrario nos llevaría al dogma. En ese proceso, ha sido frecuente la utilización de obras literarias para ejemplificar los pasos que se iban dando. Ocurrió también con los mitos. Lacan es bien explícito cuando, hablando de Marguerite Duras, indica: "un psicoanalista sólo tiene derecho a sacar una ventaja de su posición: la de recordar, con Freud, que en su materia el artista siempre le lleva la delantera, y que no tiene porqué hacer de psicólogo donde el artista le desbroza el camino".

Leí algo de una muy buena poeta catalana, Gemma Gorga. Un poema que venía precedido por una cita de Freud: "La gran pregunta que nunca ha obtenido respuesta y que yo mismo me he visto incapaz de contestar, a pesar de mis treinta años de búsqueda, es: ‘¿Qué quiere una mujer?’".

Traduzco el poema:

"¿Qué quiere un molusco?"
¿Qué quiere un átomo de hidrógeno?
¿Qué quiere un sueño insidioso?
¿Qué quiere la lluvia lenta de enero?
¿Qué quiere la secuencia de los números naturales?
¿Qué quiere la nostalgia?
¿Qué quiere una mujer?"

Comprenderán que cuando empecé a leerlo (¿Qué quiere un molusco?) y recordé el fragmento de Lacan hablando del goce de la mujer en el que se pregunta cómo goza una ostra, diera un respingo. Conocí a la autora y le pregunté qué había leído de Freud. Me dijo que sólo esa cita que encontró no sé donde. Desde luego, de Lacan, sólo le sonaba el nombre.

Hay algo también común entre literatura y psicoanálisis: es la participación en la ficción. Nos puede resultar más clara en el caso literario, pues puede escribirse sobre personajes inexistentes en la realidad, sin ir más lejos. Algo así ocurre en la política: se gobierna logrando un cierto consenso en algo ficticio, pongamos un solo ejemplo: el objetivo del pleno empleo. Algo que, en la realidad, es incompatible con lo que Marx llamaba los modos capitalistas de producción y que nadie ha logrado desmentir, empezando por los empresarios encantados con las condiciones laborales a que hemos llegado. Pero también encontramos esa ficción en la escucha de un analizante. Nos cuenta una realidad propia de la que, si falta algo, ya sea por olvido o por falta de datos, sólo tendría que recurrir a sus parientes o a los protagonistas de los hechos narrados. Pero no es así. De lo que se trata es de la ficción construida por él a partir de su entrada en el lenguaje, en una familia, en una sociedad concreta. Como indica Silvia Cislaghi, en su trabajo sobre este tema, "decir que él ha escrito esos relatos es un exceso, ya que en realidad él está escrito por eso".

Podríamos considerar como común también, siempre que aceptemos ese cierto paralelismo entre el arte y el discurso histérico, el punto inicial del que parte un análisis y una obra. Sería el de desarrollar algo que no se conoce pero que se sabe. En el seminario "El reverso del Psicoanálisis", Lacan indica que "el analista oye la histerización del discurso (...) está ahí para conseguir que el analizante sepa todo lo que no sabe sabiéndolo". Algo así ocurre con la obra literaria y, más concretamente, con la poesía. La combinación de palabras, si podemos llamarlo así, que resulta de un poema vendría a ser otra manera de desarrollar una cadena de significantes, a veces difícilmente comprensibles en una primera lectura de su sentido, que evocan una enunciación allá en el horizonte de lo que tratan de decir.

Para dar un ejemplo de esto me gusta recordar un poema, que cito con frecuencia, de Rosalía de Castro, de quien he sabido que se está celebrando su aniversario estos días. Esta magnífica poeta escribió páginas en donde el tono habla más que las propias palabras, de ahí su grandeza. Leeré, como ejemplo, ya digo, su "Sombra negra".

(leer poema)

Algunos, muchos, dicen que habla del padre. Pero sólo ella, de viva voz, podría confirmarlo, por más que, probablemente, le resultaría extraño hacerlo. El poema, precisamente, habla de esa incógnita.

Si quieren otro ejemplo, esta vez más experimental, les leeré uno de los capítulos, el 68, del Rayuela de Julio Cortázar en donde se hace evidente la separación entre significantes y significado. Verán que, aunque no se entiende nada, se entiende todo:

"Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que evulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían valparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias."

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De Freud ya se dijo que no sólo articuló el descubrimiento del inconsciente sino que lo hizo escribiendo bien. Podríamos incluso leer algunos de sus casos clínicos como si se tratara de una novela de intriga en donde, poco a poco, caminamos hacia el desenlace, hacia el descubrimiento, no de quien es el asesino, claro, pero sí cual es la causa de los síntomas de su paciente, o sea, un asesino, esos síntomas, perfectamente acoplado y adorado por su víctima. Son textos abiertos porque, y esta es otra característica posteriormente en desuso, escribió fundamentalmente sobre sus fracasos. Eran otros tiempos y el deseo de saber llegaba a tal extremo que vencía los posibles conformismos narcisistas. Hay muchos textos relacionados con el arte y la literatura, algunos muy hermosos como "Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci" o "Dostoyevski y el parricidio" o esa maravilla que es "El delirio y los sueños en la ‘Gradiva’, de W. Jensen", un relato magnífico sin lugar a dudas. Freud se ocupó de estas cosas. En "El poeta y los sueños diurnos", un texto muy relacionado con el anterior sobre la Gradiva, y tras las comparaciones de las fantasías adultas con los juegos de niños, leemos: "Un poderoso suceso actual despierta en el poeta el recuerdo de un suceso anterior, perteneciente casi siempre a su infancia, y de éste parte entonces el deseo, que se crea satisfacción en la obra poética, la cual del mismo modo deja ver elementos de la ocasión reciente y del antiguo recuerdo." Esto es prosa, buena prosa, sí, pero con un contenido un poco esquemático. Aventuremos que pueda ser escrito de otro modo a partir de este poema titulado "A menudo", del gran autor catalán Joan Vinyoli. Perdonen, otra vez, la traducción que hace perder la musicalidad y el ritmo:

"A menudo, a menudo, el hombre olvida
lo más grande y lo más secreto.

Como un niño juega a la vida
y se embriaga con su canto.

Los días vienen y se van.

Pero de pronto, sin avisarle,
la gravedad, que en su interior madura,
extrañamente en su corazón fulgura,
como un triste diamante."

Lacan también se acercó a las obras literarias para ir articulando conceptos de su enseñanza. En sus seminarios hay bastantes ejemplos. En "La funciones del inconsciente" encontrarán pasajes de André Gide y de Jean Genet, autores frecuentemente citados por Lacan. En "El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica", utiliza el sueño de la inyección de Irma, de Freud, para re-interpretarlo. En "Las psicosis" hay un trabajo sobre la metáfora y la metonimia que podría aceptar cualquier autor literario. Además es un recorrido excelente para destacar la importancia del lenguaje en la obra de Freud. Allí donde el vienés escribía condensación, Lacan escribe metáfora; y donde aparecía desplazamiento, Lacan habla de metonimia. Tampoco hay que olvidar "La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud", texto que pertenece a sus escritos y en donde articula sus aportaciones a la lingüística de Saussure, distinguiendo la preeminencia del significante sobre el significado.

Pero, volviendo a los seminarios, en " La ética del psicoanálisis", recurre a la Antígona de Sófocles para desarrollar su concepto de deseo. Tomó "El banquete", de Platón, para adentrarse en la transferencia; y, en ese mismo seminario, utiliza la trilogía dramática de los Coûfontaine, de Paul Claudel, para hablarnos de la estructuración, en tres generaciones, de la función del padre. En "Aún", retoma sus trabajos sobre el amor cortés para condensar esta frase: "manera muy refinada de suplir la ausencia de relación sexual fingiendo que somos nosotros los que la obstaculizamos".

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Hemos visto algunos ejemplos en que el trayecto va de la literatura al psicoanálisis. El trayecto por el que el psicoanálisis toma de la literatura elementos para desarrollar su teoría.

En el aparente camino de vuelta, Freud ya empleó el término sublimación para referirse a una de los objetivos cumplidos por la pulsión, añadiendo que opera en un lugar valorado socialmente, y la distinguió de la idealización, en la que sí interviene la identificación del sujeto con el objeto. Lacan lo desarrolló en varios seminarios. A destacar "La ética del psicoanálisis" en donde dedica seis sesiones bajo el epígrafe "El problema de la sublimación". Allí ya encontramos una definición del término más o menos acabada (aún faltará que la desarrolle más adelante) que podemos resumir en: la sublimación aporta una satisfacción a la pulsión diferente de su meta, llamada natural. ¿Y cómo lo hace? En los capítulos anteriores ha estado hablando del concepto Das Ding, traducido como La Cosa, ese Otro, con mayúscula, absoluto del sujeto que es lo que se trata de volver a encontrar. Pues bien, en este seminario, Lacan dice que la sublimación eleva un objeto a la dignidad de la Cosa. Sirviéndose del amor cortés, que ya citamos anteriormente, pone en la Dama, cantada por el poeta, la representación de los atributos de la Cosa. Cuatro años más tarde, en el seminario "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis", en donde ya habla del objeto pequeño a, insiste en que la sublimación es una satisfacción de la pulsión y, añade, además sin represión. Está dictando el seminario y bromea sobre esto: "En otros términos, en este momento no estoy copulando, les estoy hablando y, sin embargo, puedo alcanzar la misma satisfacción que copulando." Ya ven que escribir, sobre todo poesía, puede producir esa satisfacción, si me permiten seguir bromeando.

En fin, no es de extrañar que quienes han sostenido con fuerza que una obra literaria, antes que permitir analizar al autor, permite saber algo más del inconsciente, y aprovecharse de ello, no es de extrañar, digo, que dediquen buena parte de su estudio al arte, a la literatura. Que hagan, pues, el camino en una dirección con un único sentido.

Alexandra Pizarnik

Para finalizar, me detendré unos minutos en hablarles de esta poeta.

Resumiré:

Nació en Buenos Aires en abril de 1936, en una familia de inmigrantes del este de Europa. Empezó a publicar sus poemas a los 20 años. Estudió filosofía y letras en la Universidad de Bs. Aires. Cultivó su afición por la pintura. Entre 1960 y 1964, Alejandra vivió en París, colaborando en varias revistas y publicaciones en francés y en español. Allí frecuentó la casa de Julio Cortázar y sería la primera esposa de éste quien recomendaría, en los años 90, la edición de los textos de Pizarnik a varios editores españoles. Tradujo, entre otros, a Antonin Artaud y estudió historia de las religiones y literatura francesa contemporánea en la Sorbona. Regresó a Bs. Aires, donde publicó varios de sus volúmenes. Internada en una clínica de psiquiatría, salió el 25 de septiembre de 1972 para pasar el fin de semana y falleció por una sobredosis de seconal administrada por ella misma, a los 36 años.

Como verán, la tentación de acercarse a su obra y analizarla es demasiado fuerte. Uno podría leer en sus poemas la división del sujeto, la búsqueda de unidad, la dificultad de encontrar la palabra verdadera, la manifestación del deseo en el texto, el intento de plasmar, de conjugar cuerpo y texto, la angustia ante el desencuentro, la lucidez de la soledad infranqueable. Uno podría servirse de todo eso para "analizar" al sujeto, pero no ha de ser así.

Cuando la descubrí, hice casi lo contrario: ser analizado por su creación poética. Intentar saber cómo articulaba las palabras para producir todo eso de lo que hemos hablado: el tono, el ritmo, el acento, ese estilo que, en el caso de Pizarnik, llega a conmover, incluso a inquietar. Digo esto porque no dije nada acerca del último eslabón de esta cadena: que el lector concluye, al nivel que sea, aquello emitido por el autor: fin, provisional, del ciclo.

Fin que no podrá evitar que pase un psicoanalista infatuado y meta su pluma donde la pluma ya hizo su trabajo.

Paso a leer algunos de sus poemas, elegidos a partir de la apariencia de lo que evocan como lucidez de la soledad, la alianza de la noche, relación significante-significado, saber y verdad, el yo sujeto y el yo individuo, etc.:

TIEMPO:

Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.

Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.

11:

ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.

13:

explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome.

DESTRUCCIONES:

(precedido de la cita de Quevedo: "...en besos, no en razones")

Del combate con las palabras ocúltame
y apaga el furor de mi cuerpo elemental.

FIGURAS Y SILENCIOS:

Manos crispadas me confinan al exilio.

Ayúdame a no pedir ayuda.

Me quieren anochecer, me van a morir.

Ayúdame a no pedir ayuda.

II:

Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.

BUSCAR:

No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene.

LINTERNA SORDA:

Los ausentes soplan y la noche es densa. La noche tiene el color de los párpados del muerto.

Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche.

33:

alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va.

23:

una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos

LA CARENCIA:

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.

Pero creo que mi soledad debería tener alas.

SOLAMENTE:

ya comprendo la verdad
estalla en mis deseos
y en mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios
ya comprendo la verdad
ahora
a buscar la vida

(DE un pequeño papel manuscrito que arriba dice "junio"):

es como si me pidiera la luna.

Me digo:

Si me pide la luna es porque la necesita.

Pero si (supongamos) le llevo la luna, me dirá
algo nada lindo de escuchar.

Además, está lo otro, está lo otro.

("Si me muriera ahora mismo
qué alegre iba a ser.")

Si me muriera.

En fin, son sólo algunos ejemplos de toda su obra.

Si la leen, encontrarán también un poema largo, impresionante, que se titula "Sala de psicopatología". Ya me dirán cómo soportaron su lectura.

Y, si quieren ir más lejos, lean la obra poética junto con los Diarios.

Muchas gracias por su asistencia, un viernes a las cuatro y media de la tarde en que podrían estar en mil lugares con promesas de distracción homologada. Ustedes ya están hablando sobre la ética del psicoanálisis. Auguro buenos tiempos analítico-gallegos.

(Se abre el debate)

Santiago de Compostela, 25 febrero 2005

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Revista de Psicoanálisis y Cultura
Número 21 - Julio 2005
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