Acheronta  - Revista de Psicoanálisis y Cultura
Freud y las anticipaciones filosóficas de Kant y Schopenhauer
Un pretexto para revisar la noción desarrollo
Ana Luisa Baca

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Resumen

Con el propósito de revisar el concepto "desarrollo" en teóricos que han influenciado los entendidos acerca del crecimiento humano y que han llegado a ser canónicos para la disciplina, este trabajo revisará algunas afirmaciones contenidas en ciertas lecturas originales de Sigmund Freud. Por otro lado, las afirmaciones servirán para constatar la tesis de Jerome Bruner (1984) acerca de que Freud creó unas "realidades" particulares con respecto a la noción de "desarrollo" que son muy diferentes a las planteadas por Piaget y Vygotsky. Al mismo tiempo, nos daremos a la tarea de examinar algunas anticipaciones filosóficas que dieron fundamento conceptual a las observaciones clínicas del psicoanálisis freudiano para generar una teoría sobre el inconsciente.

 

Introducción

El psicoanálisis es una de las más complejas aportaciones de la cultura occidental al entendimiento de la condición humana, por esta razón resultaría parcializado el tratar de abordar tan sólo una parte de la extensa obra psicoanalítica. Es por esta razón que, mientras revisemos las especulaciones filosóficas junto a la experiencia clínica de este autor, estaremos haciendo el esfuerzo por dilucidar de qué manera Freud establece la noción de desarrollo. Al mismo tiempo, estaremos revisando algunos conceptos de Kant y Shopenhauer debido a la influencia que estos tuvieron en el psicoanálisis, y de cómo ellos establecen anticipaciones filosóficas de los descubrimientos conceptuales de Freud.

En "Concepciones de la infancia: Freud, Piaget y Vygotsky" (1984), Jerome Bruner planteó que la noción desarrollo estaba puntualizada en una forma diferente en cada uno de estos teóricos. Para Vygotsky estaba afianzada en el futuro; Piaget concebía el desarrollo en el presente y en Freud era determinante la noción del pasado. Sin embargo, al revisar con especial interés el concepto desarrollo en algunos textos de Freud, nuestra opinión sobre el caso difiere. Pero para poner en perspectiva el concepto, a continuación hacemos un desglose de lo que éste ha significado dentro de la psicología.

 

Desarrollo

La entidad "desarrollo" ha tenido connotaciones diversas dentro de la historia de las ideas en el Mundo Occidental. Para las teorías tradicionales del desarrollo humano, el concepto no admite revisiones. Si bien no nos compete aquí hacer una revisión de los significantes del concepto a través de toda la filosofía occidental, nos parece que considerarlo puede auxiliar en la confección de este trabajo en la medida en la que Freud sustenta una elaboración diferente, según Bruner (1984), con respecto a la "realidad" del desarrollo para explicar la existencia del aparato psíquico: "Hemos llegado a tomar noticia de este aparato psíquico por el estudio del desarrollo individual del ser humano " (Esquema del psicoanálisis, 1940 [1938], p. 143). Y luego añade: "Con la instalación del superyó, montos considerables de la pulsión de agresión son fijados en el interior del yo y allí ejercen efectos autodestructivos. Es uno de los peligros para su salud que el ser humano toma sobre sí en su camino al desarrollo cultural" (p. 148). Es decir que para Freud el proceso de desarrollo, que de por sí es inevitable, además conlleva la elaboración de una estructura psíquica ineludible que corresponde, o es el resultado, del devenir humano en la cultura.

El concepto "desarrollo", por definición, aunado al de "evolución", designa la acción de algo que se despliega o desenvuelve, así también como de la acción sobre algo que se hallaba enrollado, arrollado o envuelto (Ferrater Mora, 1951). A pesar del gran auge que suscitó la Teoría de Darwin y Wallace sobre la evolución de las especies en 1859, las explicaciones sobre los procesos ontogénicos -epigénesis y preformación- ya eran debatidas por Aristóteles y los pre aristotélicos. La epigénesis implicaba una sucesiva incorporación de partes, en tanto que la preformación se conceptualizaba como el crecimiento de un organismo ya formado desde un principio, pero en proporción reducida (Ibid). La tesis acerca del desarrollo de la especie humana tuvo buen acomodo porque la explicación anterior sobre la preformación aceptaba de por sí la explicación darwinista con algunos ajustes.

Si bien podemos decir que la explicación preformativa fue una de las bases conceptuales que permitieron establecer una línea de pensamiento "evolucionista", se observa que también procuró el planteamiento de otra línea paralela que argumentaba, específicamente para explicar el fenómeno de la concepción humana, que un pequeño hombrecito se alojaba dentro de los órganos masculinos y era depositado dentro de la vagina para posibilitar su crecimiento. Estas dos concepciones siguen estando vigentes en las teorías sobre el desarrollo humano y en la idea que ellas muestran, implícitamente, acerca de la vida infantil, Con respecto a los entendidos sobre la "recapitulación cultural" y la "paternidad del niño" que permeaban al mundo intelectual en los primeros años del siglo XX, el mismo Freud establece parte de sus explicaciones sobre las causas de la neurosis al considerar que: "El pequeño primitivo debe devenir en pocos años una criatura civilizada, recorrer, en abreviación casi ominosa, un tramo enormemente largo del desarrollo de la cultura" (Esquema del psicoanálisis, 1940 [1938], p. 185). Más adelante, para seguir con su tesis sobre la importancia de la vida infantil en el desarrollo del malestar, Freud apunta:

"Si la experiencia analítica nos ha convencido sobre el pleno acierto de la tesis, a menudo formulada, según la cual el niño es psicológicamente el padre del adulto, y las vivencias de sus primeros años poseen una significación inigualable para toda su vida posterior, presentará para nosotros un interés particular que exista algo que sea lícito designar la vivencia central de ese período de la infancia" (p. 187).

El párrafo anterior se explica, además, porque Freud considera que la vida infantil, específicamente la primera infancia, es el período en el que el yo se diferencia del ello, aunado al temprano florecimiento sexual. Esto asume en sí una contradicción. Al diferenciarse el yo del ello, el individuo está luchando por lo que Freud llama "la conservación de sí"; lo otro, sería la expresión de la conservación de la especie. La contradicción encierra una de las explicaciones del devenir de las neurosis, porque el sujeto necesita equilibrar estas dos fuerzas.

En las próximas líneas seguiremos considerando las consecuencias del uso del término "desarrollo", junto a otros que se fueron ajustando a las necesidades científicas europeas y que llegan hasta nuestros días relacionados con toda "naturalidad".

 

El desarrollo como garantía de progreso y fe en el futuro

Así como se da por sentado que evolución y desarrollo son sinónimos, el concepto "progreso" se encadena a los anteriores como por arte de magia. Cuando Darwin y Wallace publicaron sus explicaciones acerca de la evolución de las especies por medio de la "selección natural", el mundo victoriano tuvo que argumentar algunos planteamientos para aceptar completamente el concepto de "evolución", en la medida en la que éste no representó de inmediato una ventaja a la sociedad del siglo XIX. La "evolución" era una idea neutral (Bury, 1928) y tuvo que ser adornada con atributos altamente morales para ser comprendida y favorecida por la sociedad occidental del diecinueve. La sociedad "civilizada" del 1900 era el mejor ejemplo de las adaptaciones de la especie que ya habían sido completadas, tanto en lo físico como en lo mental y en lo moral. El mundo científico miró por primera vez a la infancia como la línea evolutiva base de la especie humana. Muy pronto se inauguró una ciencia que describiera con rigurosidad el proceso del desarrollo de los niños.

Una vez conformada la psicología del desarrollo, bajo unas tendencias específicas donde la evolución y el progreso eran los ingredientes principales, la vida infantil sirvió de terreno fértil para elaborar una gran cantidad de saberes -en franco compromiso con la ciencia y la tecnología- que consideraron por primera vez al niño, a la niña, como la explicación acerca del devenir del ser. Hacia 1880, la vida infantil es la depositaria política del progreso (Kessen, 1979).

A continuación expondremos algunos de los conceptos que, heredados de Kant y Schopenhauer, imparten una visión muy diferente con respecto a la noción "desarrollo" que Freud elaboró junto a su teoría psicoanalítica, de manera que podamos entender mejor la gran diferencia entre los planteamientos de éste y los de los teóricos del desarrollo humano.

 

Fenómeno, apariencia y representación

Desde Descartes, la capacidad para razonar se ubicó como una de las propiedades humanas más importantes en el mundo occidental. La razón llegó a definirnos como humanos, por encima de cualquier otro ser viviente. Si bien la biología de Aristóteles no hacía distinción entre personas y animales, en la medida en la que todos tenían "ánima", Decartes rompe con la taxonomía aristotélica para afirmar que lo único que sostiene y justifica la vida humana es la capacidad para reflexionar acerca de su propia existencia. Luego, cuando la teoría de la evolución de las especies proveyó fundamento suficiente para establecer científicamente lo sostenido por Descartes, la sociedad europea se creyó a sí misma el vivo ejemplo de la evolución y el progreso, en comparación con las sociedades "primitivas" que se encontraban en los territorios colonizados. La sociedad blanca occidental del 1900 era el mejor ejemplo de que la teoría de la evolución de las especies era cierta. La capacidad para razonar venía como parte de los atributos inherentes al humano evolucionado. La conciencia se sostenía a sí misma, dándoles a sus depositarios un lugar muy particular; la conciencia definió a los europeos como seres superiores por encima de otros humanos. La conciencia era una cualidad permanente e indudable del ser humano en el largo recorrer de la evolución.

Cuando Freud establece que la conciencia es tan sólo un momento, pone en crisis la subjetividad cartesiana que se había instituido sobre el supuesto de la conciencia como supremo fundamento del ser, es decir que el psicoanálisis tiene como objeto al aparato psíquico cuya manifestación es lo inconsciente (Freud, 1993 [1940]; [1938]). Esta aseveración rompe también con los supuestos de que al ser humano, es decir, al sujeto blanco occidental de clase alta, le define su capacidad absoluta para razonar.

Con lo anterior queda establecido que la conciencia es concebida como un fenómeno, en la medida en la que se manifiesta momentáneamente. El psicoanálisis instaura que la conciencia deja de ser el acto principal que define al sujeto.

Ya que la conciencia es de naturaleza fenoménica, convendría revisar ciertos postulados de Kant y Shopenhauer que, de alguna manera, anticipan descubrimientos conceptuales en el psicoanálisis freudiano.

Originalmente, la palabra griega ´fenómeno´ equivale a la de `apariencia y, según Ferrater Mora (1965), desde Platón se le contrasta con la realidad verdadera; se le identifica como lo verdadero y también con lo que lo encubre, es decir, lo que es y lo que aparenta ser. Kant establece que el fenómeno es objeto de la experiencia posible frente a las apariencias ilusorias, como si este fuera el único camino para llegar más allá de la experiencia (Ibíd.). El fenómeno es el objeto percibido y también la plena conciencia de la realidad del fenómeno, es decir, de la experiencia posible. La complejidad del pensamiento de Kant incluye, además, la aseveración de que la realidad en sí no puede conocerse, pero sí es posible pensar sobre ella. Aquí es donde se explica que la realidad puede ser conocida por sus manifestaciones.

En Freud se puede observar un paralelismo con algunas concepciones kantianas cuando entendemos que fenómeno es apariencia, aunque para Kant el fenómeno tiene un criterio de permanencia porque precisamente trata de fundamentar objetivamente las apariencias. Esta actividad es, a fin de cuentas, la base de su filosofía (Kant, 1992 [1787]).

La conciencia, dice Freud, no debe ser confundida con los contenidos que ésta percibe, así como tampoco hacer lo mismo con el proceso psíquico inconsciente y lo que la conciencia percibe de éste. La concepción kantiana acerca de que la realidad puede ser conocida por sus manifestaciones, pero no ser igual a lo percibido, o ser cognoscible, se muestra como una anticipación filosófica del descubrimiento del inconsciente de Freud.

Con respecto a la filosofía tradicional de su tiempo, la metafísica, la perspectiva kantiana formula una nueva filosofía que está más de acuerdo a los planteamientos de la ciencia moderna y a la mecánica de Newton, no sólo por el contenido sino también por el método, o por la búsqueda de un método que explique el pensar y se establezca como la única manera de razonar corrigiendo los errores de la metafísica (Ibíd.). Freud, por su parte, apunta a una dirección muy parecida al hacer un esfuerzo por no reducir a la psicología en los marcos de la ciencia positiva, situando al inconsciente como objeto de su nueva ciencia, apoyándose en la experiencia clínica y delimitando filosóficamente su marco conceptual. Tanto en Kant como en Freud, lo real es inaprensible.

Para darle una explicación más detallada a la aseveración anterior, podemos comenzar diciendo que, aunque sea imposible de conocer, la realidad asume formas diferentes en Freud y en Kant. El sujeto pensante que Kant conceptualiza, contrariamente al cogito de Descartes, es uno que existe gracias a las representaciones fenoménicas que ocurren en su corporalidad racional y sensible. Según la concepción anterior la res extensa cartesiana - la esencia material, el cuerpo- y la sustancia, la res cogitans, quedan concebidas por Kant ya no como una relación entre la materia y el pensamiento, sino como la relación de una sustancia (López Fernández, 1998). Esta sustancia permite la representación de los objetos que se encuentran en el espacio y que, si seguimos esta línea de pensamiento de Kant, podemos considerarla como el "lugar" para las diversas objetivaciones (representaciones). Y ya que las objetivaciones se logran por la interacción entre el sujeto y el objeto, podemos afirmar también que Kant considera que la materia en sí, el mundo corpóreo, es una elaboración fenoménica de la sensibilidad del sujeto, es decir, que el mismo cuerpo que posibilita la percepción de los objetos, se ha ido confeccionando a base de sus propias representaciones.

Hasta aquí nos detendremos un momento para denotar que Kant tuvo mucho cuidado en evitar sostener que la existencia es puramente una elaboración subjetiva, y que por lo tanto, la realidad de reduciría a eso. Para Kant no tendría sentido elaborar una línea de pensamiento sobre los fenómenos de la experiencia (Ersheinung) sin haber considerado una realidad existente fuera del marco de lo experimentado. Las cosas que pueden ser pensadas pero no conocidas pertenecen a lo que Kant llamó cosas en sí (Dinge an sich) y por ello trascienden las condiciones del pensamiento. Una cosa es la percepción de la cosa y otra es la cosa en sí. Hay una distinción entre aquello que es conocido mediante la experiencia y que a su vez permite conformar la vivencia misma; y otra es lo que sabemos que existe y que por lo tanto podemos filosofar sobre ello sin haberlo experimentado. Es decir, que la realidad no puede conocerse, pero sí es posible pensar sobre ella.

El concepto cosa en sí le ofrece a Kant una plataforma conceptual para sustentar su método de trabajo y sostener su filosofía trascendental, que es el esfuerzo epistémico por establecer una filosofía científica.

Por otro lado, al implantar correcciones a la obra de Kant y dejarse influenciar por la cultura oriental, Schopenhauer también ofrece anticipaciones filosóficas que fundamentan en bastante medida al psicoanálisis freudiano. Por ejemplo, Shopenhauer es de los pocos filósofos que, dentro de sus concepciones estructurales, consideran al cuerpo y a la sexualidad como expresiones del devenir del ser. Específicamente, éste establece que el cuerpo se revela como expresión de la Voluntad puesto que ese logra capturarla en sus distintos órganos.

Si para Kant el concepto de cosa en sí es medular para el establecimiento de su sistema filosófico, en Schopenhauer sucede lo mismo con la noción de voluntad. El impulso volitivo, dice, es ciego, irracional y es la esencia de todas las cosas. Con lo anterior logramos establecer un paralelismo -aunque no igualdad- con la pulsión freudiana y sus mecanismos. Podemos notar que, además, ni Schopenhauer ni el propio Freud consideraron la razón como un elemento con suficiente peso en sus sistemas conceptuales, es decir, como el único fundamento que posee el sujeto para explicarse el mundo.

El mundo para Schopenhauer es voluntad y representación. Todo lo que existe, dice, el soporte del mundo está presupuesto por la experiencia del sujeto, es decir, no hay nada que exista independientemente de sus percepciones. En este sentido, entendemos que el mundo es una experiencia de los sentidos; sin sujeto conocedor, todo cuanto existe se desvanece.

La representación del mundo es entendida como una experiencia fantasmal. En este sentido, lo fantasmal no implica engaño, sino que pensamos que está en referencia con una realidad que es conocible porque puede ser percibida directamente por los sentidos y estos, a su vez, constituir una experiencia permanente bajo ciertas condiciones de posibilidad. En cambio, la Voluntad es única y absoluta. El mundo es lo que la voluntad nos permite representarnos. Aquí podemos denotar que la abstracción para derivar conocimiento del mundo se realiza gracias a la voluntad, y que el soporte está presupuesto por la experiencia del sujeto. Sin esa voluntad que otorga una significación, los conceptos abstractos no tendrían permanencia y, por lo tanto, carecerían de motivo para elaborar conocimiento del mundo.

Con lo anterior, podemos observar que Kant le otorga mucha importancia a las formas del pensamiento abstracto, mientras que para Schopenhauer es privilegiado el mundo intuitivo, multiforme y rico en significado. Si para Kant, el pensamiento puede producirse gracias a unas condiciones de posibilidad, en Shopenhauer esas condiciones las otorga la intuición mediada por la propia Voluntad: "Los objetos existen ante todo para la intuición y los conceptos son siempre abstractos a partir de esa intuición" (Schopenhauer, 2000, p. 57).

Tanto Schopenhauer como Kant establecen sus trabajos filosóficos con la idea central de que el mundo es una facultad de la mente. Kant, por ejemplo, habla de una "revolución copernicana" cuando sostiene que la realidad empírica está hecha de las reflexiones de la mente. Schopenhauer, por su parte, sostiene que los contenidos de la mente se han originado mediante representaciones que originalmente fueron percepciones del sujeto. Estas representaciones han formado los contenidos de la mente luego de establecerse como percepciones abstractas, es decir, conceptos que son los que permiten derivar conocimiento. En este sentido, podríamos decir que para Schopenhauer el mundo es lo que el sujeto se representa. El mundo es la experiencia del sujeto.

Kant y Schopenhauer establecieron una realidad que puede conocerse mediante la comprensión de la cosa en sí, en el primero, y gracias al mecanismo que hace que las representaciones se tornen abstractas, en el segundo. Es decir que ninguno de los dos considera que haya un sujeto que se encuentre en la realidad y pueda percibirla como tal. El gran mediador es el cuerpo y sus posibilidades de percepción que, sobre todo en Schopenhauer, representan un a priori.

Por su parte, Freud ubica unas ciertas partes del cuerpo -las zonas erógenas- para explicar unas condiciones de posibilidad a priori y a posteriori, entre el interior y el exterior del sujeto:

"La psicofisiología ha dilucidado suficientemente la manera en que el cuerpo propio cobra perfil y resalto desde el mundo de la percepción. También el dolor parece desempeñar un papel en esto, y el modo en que a raíz de enfermedades dolorosas uno adquiere nueva noticia de sus órganos es quizás arquetípico del modo en que uno llega en general a la representación de su cuerpo propio" (Freud, 1923, p. 27)

Y luego: "El devenir conciente se anuda, sobre todo, a las percepciones que nuestros órganos sensoriales obtienen del mundo exterior" (1940, p. 159). En este sentido, el sujeto del psicoanálisis se encuentra bajo el dominio de su propio cuerpo como objeto a ser percibido, experimentado, representado y, entonces, vivenciado como estructura que, además, permite la edificación de su propia subjetividad. Lo anterior es claramente un indicio de la influencia que Schopenhauer imprimió en el psicoanálisis freudiano.

Revisando las concepciones del cuerpo en Schopenhauer, podemos observar que el propio cuerpo es objeto de conocimiento como todos los objetos de la percepción. El cuerpo cae dentro de las formas universales de conocimiento, del tiempo y el espacio, de la percepción y de la representación abstracta. Es precisamente la percepción posibilitada por el cuerpo lo que logra que el mismo cuerpo emerja como objeto de conocimiento.

El cuerpo, según Kant, Schopenhauer y Freud, es un objeto que tiene una relación causal con el sujeto porque puede ser representado de acuerdo a condiciones de experiencia posible, ya sea mediante las condiciones de tiempo y espacio, o por razón de las percepciones que el propio cuerpo recibe como datos simples y que, luego, el ejercicio de la abstracción y significación tornará en conceptos generadores de conocimiento, sin separarlos de su referente inmediato: "El cuerpo propio y sobre todo su superficie en un sitio del que pueden partir simultáneamente percepciones internas y externas (…) el yo es sobre todo una esencia-cuerpo; no sólo una esencia-superficie, sino él mismo, la proyección de una superficie" (Freud, 1923, p. 27).

 

Relación objeto y sujeto

La mayor parte de la filosofía en Occidente hasta Descartes no consideró que fuese necesario separar la naturaleza, el mundo, del observador. La aportación cartesiana del binomio sujeto-objeto canceló la antigua noción acerca de que el mundo no existe separadamente de las percepciones. Al dividir conceptualmente a la Physis del pensamiento, Descartes inaugura una nueva concepción sobre el sujeto y su idea sobre el mundo. Desde entonces, la naturaleza se opone al pensamiento y puede ser no solamente objetivada, sino también dominada por el sujeto.

Aunque esta propuesta cartesiana ha inundado el pensamiento occidental, Kant, Shopenhauer y Freud no se adscribieron a ella. Como revisamos anteriormente, los supuestos que se establecieron mediante la concepción de fenómeno en Kant, Shopenhauer y Freud nos ayuda a anticipar una manera particular de considerar la relación objeto-sujeto en cada uno.

Para Kant el sujeto deviene de su propia revolución copernicana, en la que si antes creía ser el centro del giro del objeto, es el propio sujeto el que gira en torno al objeto para determinar las condiciones de su conocimiento. El sujeto cognoscente requiere de un objeto constituido por aquél como objeto de conocimiento. La objetivación es necesaria para distinguir al fenómeno de su mera apariencia. Sin condiciones de posibilidad (entendimiento, sensibilidad, tiempo y espacio), el conocimiento del objeto no sería posible (Kant, 1992 [1787]).

En Schopenhauer la relación sujeto-objeto también es recíproca, ya que el conocimiento es lo más inmediato a la Voluntad. El sujeto posee una voluntad que le permite contemplar ideas sobre los objetos y derivar conocimiento de estos. Más que la razón o la representación, es la intuición subjetiva -la Voluntad- el fundamento ontológico para el conocimiento y la liberación del mundo.

Aunque para Freud la relación sujeto-objeto igualmente es recíproca, nos parece que la diferencia de época entre éste y los filósofos revisados le imprimiera a la subjetividad una condición ontológica, es decir, que la subjetividad es un estado inherente e innegable del sujeto victoriano y del consecuente siglo. Lo que Freud elabora son las especulaciones filosóficas referentes a de qué manera el sujeto, en el transcurso de su desarrollo, logra ir formulando unos elementos claves para su propia subjetividad: el complejo de Edipo y su dimensión bisexual. La subjetividad inicial en la primera infancia le concede gran importancia a la vinculación afectiva dentro del núcleo familiar, donde se irá imponiendo una representación que rebasa a la familia para dirigirse hacia las instituciones sociales. A esta representación la conocemos como el superyó.

Es de gran importancia comprender que para Freud el desarrollo de la subjetividad no sucede en un tiempo cronológico. Es el yo el que percibe la relación temporal, como proyecciones de sus huellas mnémicas en la superficie del cuerpo que comparte con las otras dos instancias del aparato psíquico. La subjetividad, según el psicoanálisis, se constituye mediante una relación sujeto-objeto que es bicondicional, es decir, de permanente influencia recíproca. Además, esta relación siempre será una relación anhelante, insatisfecha, de tal manera que el deseo guiará la necesidad en todos los momentos del desarrollo del individuo. Ahora bien, este individuo articula sus experiencias a partir de una conciencia que se define por sus instantes. En este sentido, Freud sostiene que individuo no es igual al yo, ni tampoco hay una igualdad entre éstos y la conciencia.

El gran descubrimiento del psicoanálisis es que la experiencia, es decir la subjetividad, se articula desde un inconsciente para lo cual debe constituirse un saber distinto al que suponía al ser como un individuo autónomo, libre de sus actos y dueño de su conciencia. Así, Freud establece una estructura muy distinta a la noción de desarrollo del individuo.

 

¿Es el desarrollo un proceso inevitable hacia la mejoría ontogénica?

Según Bruner (1984), Freud estaba fundamentalmente preocupado por el pasado y por los abusos producidos en el pasado más íntimo de la vida familiar (p.34). Luego de revisar el planteamiento anterior, nos parece que el psicoanálisis, como una ciencia nueva, no estaba tratando de considerar el pasado en un tiempo lineal según la lógica del positivismo. Freud consideró el proceso del desarrollo para explicar el síntoma del sujeto como el momento del establecimiento del malestar, luego de desentrañar los caminos que tomaban los desplazamientos (represiones). La inexperiencia de la vida infantil es la condición de posibilidad para el establecimiento del yo y del ello.

Como hemos estado revisando, la tesis fundamental de Freud consiste en afirmar la existencia de un aparato psíquico cuyo funcionamiento se posibilita por estar escindido bajo tres instancias: el ello, el yo y el superyó. Este aparato psíquico, a su vez, está regido por una economía pulsional que tiene muy poca relación con la conciencia; conciencia que ha dejado de estar relacionada con el individuo único, dueño de sus pensamientos, de sus deseos y de su futuro. En este sentido, Freud descalabra el orgullo cartesiano cuando afirma que la conciencia es tan solo un momento (Freud, 1993 [1940]). La psique es un aparato que funciona de un modo autónomo, bajo sus propias normas y leyes, por lo que se hace necesario el fundamentar una nueva ciencia que pueda observar y explicar sus fenómenos escapando inevitablemente al criterio tradicional positivista. Fenómenos que siempre estarán considerados dentro del proceso de desarrollo del sujeto.

Para la teoría psicoanalítica el inicio del sujeto es de gran importancia. Esta ha sido una de las consideraciones que la distingue de otros acercamientos psicológicos cuando, en su mayoría, no argumentan la existencia de algo llamado subjetividad, sino que elaboran sus teorías a partir de entidades como la de reflejo, motivación, etcétera.

Podemos observar que el sujeto de la teoría psicoanalítica no tiene un origen en sí mismo. La pre historia del sujeto es, justamente, el mecanismo que lo inscribe en el orden de los signos y de las instituciones.

 

El pensamiento trágico como fundamento para concebir al ser.

Los referentes mitológicos ocupan lugares de supremacía en la escritura de Freud: Eros, Narciso y Edipo. Edipo como el ingrediente trágico en el desarrollo de la persona adulta, cuya raíz se encuentra en la vida infantil. De ahí que podamos decir que la vida infantil, en tanto fundamento para la constitución de desplazamientos pulsionales, no es ni será la promesa de progreso en la vida adulta. El desarrollo al que se refiere Freud es el sostén temporal que luego deja de estar anclado en el tiempo. Para la teoría psicoanalítica no hay una promesa de progreso o de evolución, en el sentido que le dieron Spencer y Darwin. La insatisfacción adviene, precisamente, del proceso de desarrollo, porque, como ya habíamos revisado, Freud estableció que la vida infantil, en su camino a la adultez, no está exenta de sufrimientos y contradicciones:

"(…) el yo joven y endeble devuelve hacia atrás, hacia el estado inconsciente, ciertos contenidos que ya había acogido, los abandona, y frente a muchas impresiones nuevas que había podido recoger se comporta de igual modo, de suerte que éstas, rechazadas, sólo podrían dejar como secuela una huella en el ello". (Esquema del psicoanálisis, 1940 [1938], p. 161).

Lo anterior es uno de los ejemplos de que el psicoanálisis, no solamente desbanca la noción de la razón cartesiana como fundamento de la existencia del ser, sino que, además, toma conceptos de la filosofía, como los de Kant y Schopenhauer en este caso, y los desestabiliza para plantear una nueva ciencia del inconsciente.

Freud explica que, como especie, nuestra singular cualidad de prolongar la infancia -en el sentido de la dependencia con el adulto- da lugar a una particular instancia psíquica: el superyó. Es decir, las formas culturales nos heredan tradiciones y modos de estar en sociedad, pero también determinan la formación de una instancia que, lejos de liberar al yo, lo subsume aún más.

Siguiendo esta línea, Freud asume la constitución del sujeto por la relación que se establece entre éste y los objetos que percibe y luego llegan a ser representados, sin que por ello sea posible conocer directamente la realidad. Pero para el psicoanálisis, los contenidos de la mente también están ocupados por conceptos reprimidos, es decir, por recuerdos enmascarados bajo el desplazamiento. De esta forma, el sujeto quedará marcado sin poder escaparse de la huella en su memoria, aunque él no la recuerde. La huella quedará inscrita delimitando su deseo para siempre insaciable y desconocido.

 

Conclusiones, si acaso

Freud elaboró unas realidades particulares con respecto a la idea de desarrollo que pelearon todo el tiempo -y lo siguen haciendo- con las concepciones canónicas inscritas en las teorías del desarrollo humano. La preocupación por el pasado más íntimo de la vida familiar, así como el considerar la importancia del desarrollo individual en la medida en la que puede explicar la conformación del aparato psíquico (Freud, 1993 [1940]), debatieron elegantemente contra la lógica de la conciencia y el tiempo real de desarrollo donde el infante ganaba habilidades para asegurar un futuro exitoso.

Aunque Freud comparte muchos de los supuestos de la Teoría de la evolución, la gran mayoría de los planteamientos del psicoanálisis cuestionan la creencia de que el sujeto adulto, en la medida en que transita hacia la madurez, tiende hacia la consumación perfecta de su especie.

Bajo el psicoanálisis, el adulto de la alta sociedad occidental deja de ser el ejemplo de la culminación evolutiva que anunciaron con bombos y platillos quienes se acogieron a los supuestos de la evolución de las especies. En cambio, podríamos afirmar que es este adulto de la alta sociedad occidental quien deviene en sujeto del análisis bajo el encuadre del analista. El adulto en el psicoanálisis es el portador de su propia historia de desarrollo en la medida en que ese desarrollo no ha sido un proceso lineal hacia la completud, al contrario. Es durante el desarrollo que el sujeto deviene en sujeto de su neurosis, de su histeria y de su deseo.

En este sentido, la linealidad en el desarrollo es una noción que también queda desestabilizada porque el tiempo que el psicoanálisis considera tiene propiedades diferentes de las que dicta el paradigma de la razón. El tiempo en Freud, hasta donde hemos revisado, tiene muchas de las propiedades que Schopenhauer estableció en sus elaboraciones filosóficas cuando sostiene que el tiempo y el espacio son conceptos vacíos si se encuentran aislados. Hay un tiempo siempre en relación con las percepciones que los objetos posibilitan; no hay un tiempo en sí que pueda ser medido con precisión. En este sentido, el tiempo de las experiencias del sujeto en su vida infantil siempre tiene relación con situaciones significantes, contradictorias la mayoría de las veces, y que se van sumando a su registro de huellas mnémicas aunque la inmediatez sensible de tales experiencias haya desaparecido. El sujeto siempre está en el presente.

El origen del sujeto, a diferencia de las teorías tradicionales sobre desarrollo, es una de las preguntas ontológicas fundamentales que el psicoanálisis ha tratado de explicar. En este sentido, se reconoce que el sujeto no tiene un origen absoluto y, aún más, que su propia constitución es el resultado de vínculos con objetos de los que no existe un alejamiento sino una simbiosis constante. Uno de estos objetos es su propio cuerpo. Ya Kant y Schopenhauer habían postulado que el sujeto se constituye gracias a su constante encuentro con los objetos de su percepción. De este modo, entendemos que no hay tal cosa como un objeto sin sujeto y viceversa. Siguiendo esta línea, el psicoanálisis, hasta donde podemos observar, considera que el sujeto no es un conjunto de partes biológicas en espera de un perfeccionamiento que ocurre inevitablemente en un tiempo sucesivo, en un desarrollo que le es propio, tanto a nivel filogénico como ontogénico.

La psicología, hasta este momento, ha evitado la discusión acerca del cuerpo como objeto a conocer, en cambio, la sustituye con explicaciones biologicistas que lo toman en cuenta por sus partes y funciones, todavía con el dejo mecanicista que Descartes le imprimió a la res extensa. El cuerpo como una elaboración del sujeto es parte de una discusión que, paradójicamente, se viene construyendo desde la sociología.

Precisamente el psicoanálisis ha hecho una de las contribuciones más complejas con respecto al cuerpo del sujeto. Freud plantea que, si bien la biología sería uno de los sostenes, ésta no logra dar la mayoría de las explicaciones para establecer el origen de los síntomas que se manifiestan corporalmente. Es decir, el cuerpo del sujeto es más que el organismo biológico, y esto fue algo con lo que el psicoanálisis dio muy pronto cuando Freud y sus colaboradores estudiaban las parálisis de algunas pacientes que no exhibían causas físicas que explicaran el síntoma.

Podemos concluir, si acaso, que el desarrollo según Freud no se remite en absoluto al esquema que pretenden sintetizar las etapas del sujeto en su devenir adulto que tanto se ha vendido en los libros sobre teorías del desarrollo. El desarrollo es para la psicología profunda el momento indeterminado que sustenta el devenir del pasado -que siempre vuelve- , en tanto génesis de la subjetividad trágica del ser.

 

Referencias

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Revista de Psicoanálisis y Cultura
Número 20 - Diciembre 2004
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