Acheronta  - Revista de Psicoanálisis y Cultura
La traducción: entre transmisión e interpretación
(Un comentario teórico, una nota al pie y un caso práctico)
Lluis Solera

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Comentario teórico

En mi lengua de uso habitual, el catalán, aún hoy continúa viva la que para mí es una bella palabra de origen árabe: torsimany (trujamán se puede encontrar en el Quijote, en castellano) que proviene de turgumân 'intérprete', derivado de tárgam 'traducir', a su vez posible préstamo de otra lengua semítica de donde también provienen las palabras del hebreo rabínico targem 'interpretar' y Targum 'interpretación'.

La forma en que aparece la palabra en sus primeros orígenes -la predominante catalana (torcimany) e italiana (turcimanno)- es francamente interesante, ya que en la transmisión directa de la pronunciación mozárabe, donde la g pasa como c, se observa cómo ésta se produce prácticamente obligada a través de un cruce con el románico torcere. Tanto es así, que en catalán hasta aproximadamente el siglo XIX era entendida popularmente en el sentido de 'persona hábil', torticera, podríamos incluso muy bien decir. Por donde entramos aquí de través en la dimensión del engaño, de la que da cuenta la histórica expresión en lengua italiana, mundialmente conocida, de traduttore traditore, traductor traidor.

Podemos ver claramente, pues, al hablar sobre la problemática de la traducción, que íntimamente unida a la significación del traducere original latino como 'transportar, transferir', aparece ligada a ella la cuestión de la interpretación y que ésta tiene, podemos decirlo así, un sentido fuerte.

En efecto, la interpretación, considerada en sus orígenes etimológicos, no se limita a ser un mero trasvase del sentido semántico, sino que adquiere un carácter próximo a la práctica religiosa, moviéndose en el terreno de la conjetura y la exégesis, véase la ermhneutikh, la hermenéutica. Como es sabido, los problemas del lenguaje no sólo jamás han sido ajenos a la reflexión teológica, por el contrario, han adquirido un papel sumamente relevante. Sirva de ejemplo la polémica suscitada alrededor de la cuestión de los universales, con las dos posiciones contrapuestas, nominalismo y realismo, a que dio lugar.

El mito de Babel nos habla de un logos universal original y primitivo, la «lengua de Dios» con la que habría creado el mundo con el mero hecho de hablar. Para los dioses, pues, no habría separación entre lenguaje y acto, y los hombres encontrarían el correlato de las palabras en los objetos inmediatos de la realidad, sin fractura alguna. Después de aquí, toda una larga tradición filosófica y filológica dará cuenta de los intentos de restablecer esta lengua original ya perdida para siempre. Y no necesitamos buscar ejemplos demasiado remotos en el tiempo, recordemos la importancia de la pronunciación exacta de los escritos sagrados en la tradición talmúdica, que sostenía que ésta era la lengua de Dios, o la función creadora de la palabra en el pensamiento mágico -no es siquiera necesario pensar en los sortilegios, basta observar en los espectáculos de magia del mundo de hoy el famoso «abracadabra» que formula el mago antes de iniciar el pase.

Así pues, la cultura occidental incide plenamente desde sus orígenes en esta problemática que impregna todo lo relativo al fenómeno de la traducción. La necesidad de la transmisión del mensaje divino, el texto bíblico, abría el paso a una, con mucho, más peliaguda cuestión: la de su interpretación.

Crucial, justamente, porque se puede incluso afirmar que es precisamente el momento de la vulgarización de la Sagrada Escritura, de su paso a las distintas lenguas vernáculas, en el que históricamente se define y se construye en Europa el entramado de las diversas nacionalidades, por un lado. Por el otro, dicha traducción, en términos de lectura interpretativa, estará también en el origen del cisma religioso, sirva para ello el caso de Lutero.

La traducción tiene como objeto primero la transmisión de un conocimiento oculto en el entramado de otra lengua. En este sentido, el término inglés, translation, nos recuerda que traducir no fue la palabra que designaba inicialmente esta práctica en las lenguas románicas, sino que fue precedida de trasladar. De hecho, en el castellano actual, es plenamente vigente en el ámbito del lenguaje jurídico-administrativo la expresión dar traslado (de una sentencia, por ejemplo), en el sentido de enviar una copia.

El problema, en realidad, no radica tanto en que lo que se trata sea el establecimiento de una copia -imposible, por otro lado, por razones inherentes al propio lenguaje- como en el hecho de que la traducción crea un doble que cobra plena autonomía y que en la mayoría de ocasiones su función viene a ocupar el lugar del original, todo ello escapando a nuestra propia percepción del fenómeno. ¿Cuántas veces no hemos afirmado haber leído a Tolstoi, Proust, Shakespeare o García Márquez, sin reparar en que a lo que hemos tenido acceso no era otra cosa que la traducción de sus textos? Como la carta robada de Poe, queda oculta y cumple perfectamente su función. De lo que no sabemos es de las transformaciones que sufrió en el camino.

Es aquí donde retomaré lo que constituía el punto inicial de mi reflexión, después de aceptar el compromiso de realizar este trabajo que se me presentaba un poco sin objeto, teniendo en cuenta que para mí el trabajo del traductor se inscribe en el campo de una praxis, lo cual no impide, es cierto, la reflexión sobre el marco en que se establece dicha práctica.

Para decirlo sin rodeos, empezaré en un lugar que a mí siempre me ha parecido de una obviedad aplastante: traducción es interpretación.

El traductor es, esencialmente y de manera primigenia, un lector. Y leer es interpretar. Respecto a lo que comentábamos antes sobre la relación entre interpretación y transmisión, la cosa se presenta un poco invertida: se transmite lo que se interpreta. Lo cual no impide que después a su vez el lector interprete lo que se le transmite. Se cumple aquí el esquema que Pearce definió como «la semiosis ilimitada» y al cual en alguna forma rinde tributo la obra lacaniana: un significante remite a otro significante, que a su vez remite a un tercero etcétera, y así ad infinitum, con la consiguiente abolición de la referencia al objeto.

Ahora bien, si partimos del hecho que traducción es interpretación ¿de qué interpretación se trata?

¿Podemos inferir que se trata aquí del concepto de interpretación tal como lo formula Lacan? Es decir ¿una intervención sobre el texto que oscilaría entre la cita y el enigma? Es una posibilidad, si entendemos por ello aquel arco que va desde la pura literalidad a la suspensión de la significación más allá del sentido. Dicho de otra manera, entre un «parecer querer decir», como ilusión de la mera remisión de un significante a una significación unívoca, y la apertura a toda significación posible, donde el recorte y fijación como sentido que efectúa el contexto no detendría la significación, sino que la situaría como entre paréntesis, donde lo uno abre paso a lo múltiple, dejando de lado la linealidad teleológica que marca la dictadura del sentido.

Digamos, un poco como de pasada, que entre uno y otro polo en tensión podríamos hablar de dos tipos de lector: el lector-entendedor, aquél que centra su interés en la transferencia de sentido, en un ¿qué dice? que se me antoja como correlativo de la cada vez más frecuente traducción automática; y un lector-intérprete, animado por una interrogación donde el texto mantiene una clave supuestamente oculta a su deseo detrás de la disposición significante.

Me resulta sin embargo mucho más interesante y evocador tomar como punto de partida una concepción de la interpretación muy cercana a como es tomada desde el punto de vista musical. A saber, como la ejecución de una codificación donde la instrumentación de la materia significante (del lenguaje) nos abre las resonancias del acto creativo.

Tenemos, pues, una dimensión significante (la partitura, el escrito) que se encuentra como necesariamente correlativa de la dimensión del acto. Relación necesaria, porque sin una cierta mirada evocadora sobre ellos su valor es inexistente. Tanto una como otro son un texto mudo cuya significación es igual a cero.

Esta forma de aproximarnos a la interpretación, más vinculada a la vertiente del acto que a la del significante, nos permite traer de la mano otra de las cuestiones recurrentes en todo discurso sobre la traducción: la originalidad. Todo acto podemos decir que es siempre contingente, lo cual lo caracteriza como una experiencia única e irrepetible. Una misma partitura dará lugar a diferentes interpretaciones según la particularidad del estilo de quien la ejecute e incluso del diferente momento en que lo haga, que siempre producirá una variación de matices. De la misma manera, podemos encontrar diversas traducciones de la misma obra e incluso criterios que nos harán escoger una u otra según nuestras preferencias. Variaciones éstas que no únicamente dependen de cuestiones tan personales como el estilo o la habilidad del traductor. Las traducciones también han ido siendo diferentes según la época e incluso el género, difuminando los márgenes entre lo que podríamos denominar traducción o versión libre, pero al mismo tiempo el lenguaje también ha sufrido grandes transformaciones, tanto en la lengua de partida como en la de llegada. Así, en la traducción de un texto del siglo XIX, en principio encontraremos un lenguaje sustancialmente diferente en una versión actual que en una coetánea, a no ser que aquélla pretenda crear, por el motivo que sea, un efecto de distancia temporal recreando el lenguaje de la época. Pero exceptuando estos casos, realmente excepcionales, ni lo que conocemos como clásicos se libran de dichos avatares. Son factores que incidirán invariablemente a pesar de la ingente producción elaborada en materia de técnica y teoría de la traducción.

De todas formas, la cuestión de la originalidad en traducción no se plantea habitualmente en términos de 'innovación', sino más bien de distancia con el original. Quiero decir con ello que lo que suele exigirse como criterio cualitativo es que sea 'fiel'. El problema es qué se entiende por fidelidad. En primer lugar, porque el lenguaje es, por su misma naturaleza equívoco, esto es, no unívoco. Sujeto a intervalo, múltiples juegos de condensación y desplazamiento, con estructuras sintácticas divergentes en las diversas lenguas, etc. En segundo lugar, ya hemos hablado de ello, porque el traductor, en tanto que lector, interpreta, es decir, elige y selecciona, lo que también hace a su vez el lector.

La traducción como interpretación implica establecer una selección, elegir y decidir sobre las significaciones posibles y sobre las posibilidades significantes, lo cual nos devuelve, a su vez, al terreno de la apuesta, terreno correlativo, como hemos dicho, al del acto, y en concreto al del acto creativo.

La exigencia de fidelidad, en cambio, imposible por otro lado, estaría más cercana al concepto de reproducción, y mantendría un cierto paralelismo con el concepto de «original» en pintura, a partir del cual la traducción funcionaría como una copia cuyo valor habría que establecer siempre en relación con la existencia del texto primigenio que quedaría colocado en el lugar de objeto-fetiche.

La paradoja de todo ello es que la Kultur de la que hablaba Freud, es decir, en el sentido más amplio de civilización o sociedad, establece una relación mucho más neurótica y menos sacralizada que todo eso, hasta el punto que lo que en realidad se ha producido es un efecto bastante diferente, al que sin duda alguna ha contribuido la reproducibilidad técnica a la que aludía Benjamin. Así, como ya habíamos introducido anteriormente, la mayor parte de nuestro acerbo cultural está formado por un conocimiento del que no hemos bebido en sus fuentes originales, sino accediendo a él gracias a que hemos tenido a nuestra disposición traducciones a las que recurrir de manera mucho más cercana e inmediata.

Si tenemos en cuenta esto podemos decir que, más que una copia, la traducción crea en realidad un doble que viene a ocupar el lugar del original, substituyéndolo absolutamente en todas sus funciones significantes, de manera que éste, a título de referencia, quedaría en cualquier caso relegado en última instancia a un discretísimo segundo plano, ya que habitualmente sólo se trabaja con uno de los dos elementos y habitualmente nadie suele poner reparos en tomar la traducción como si se tratara de una fuente original.

Y, como ocurre con el doble, también puede llegar a presentar su lado verdaderamente más siniestro. Riesgo evidente en el caso de los textos que son sometidos a un intenso proceso hermenéutico, por cerrar el círculo, como en el caso ya comentado que se produjo históricamente con las sagradas escrituras. Valga el ejemplo, precisamente, porque esto es posible desde una doble vertiente: por un lado, cuando por determinadas coyunturas se institucionaliza una cierta sacralización el texto, lo cual conduce siempre a un punto de inefable, pues parecería que el texto habla por sí mismo, obviando el acto lector, fenómeno que en principio afecta al original y por ende a la traducción, por el otro, por el hecho mismo que la traducción, por su propio carácter interpretativo, efectúa un establecimiento del texto, es decir, una lectura y no otra, con lo cual incluso podría darse la paradoja de que dos lectores de un mismo autor en versiones idiomáticas diferentes sostuvieran tesis divergentes, e incluso contradictorias, sobre un mismo punto.

Conjurar este peligro implica mantener abierto permanentemente el horizonte de la interpretación, su carácter de ciframiento y desciframiento permanente, ya que todo acceso a lo real no se produce sino al precio de una mediación simbólica. Por el contrario, todo intento de dominio, de apropiación sobre el texto, conlleva como resultado su reducción a un fetiche petrificado, vacuo recetario tautológico, o su elevación metafísica, con su surgimiento como verdad revelada; es decir, la estéril soberbia autoreferencial o la segregación e incluso el asesinato.

 

Nota al pie

El hecho traductor exige, pues, una gran responsabilidad, con su consiguiente deriva ética, ya que toda elección implica siempre una pérdida, puesto que se trata de una apuesta donde hay que jugársela y como todo acto no es nunca sin consecuencias.

Hasta aquí el comentario teórico y la nota al pie, con lo que paso ahora a coger el rábano por las hojas, el toro por los cuernos o el conejo por las orejas.

 

Caso práctico

Aún a riesgo de levantar la liebre sobre un tema ciertamente delicado en el ámbito en que nos movemos, me permitiré relatar una anécdota personal de hace algunos años que creo que explicita adecuadamente la problemática que he intentado esbozar en este artículo. Se trataba de escoger para el catalán -donde no hay lo que podríamos decir una tradición terminológica claramente establecida de psicoanálisis, especialmente en lo que respecta a Lacan, de quien apenas se puede encontrar un seminario y unos pocos escritos- la traducción de la passe.

Para resumir, avanzaré que había encontrado algunos artículos donde se hablaba del passi (equivalente del pase en castellano, aunque con un contenido semántico mucho más restringido, puesto que designa únicamente, traduzco: «Documento que sirve para poder entrar en un lugar, espectáculo o local, sin restricciones, o para circular de un lugar a otro»). Era evidente para mí, pues, que la traducción adecuada tenía que ser pas, equivalente al castellano paso, y que recoge también el resto de acepciones de pase.

Todo esto me llevó a un problema colateral: teniendo en cuenta la significación de uno y otro término, ¿era correcta la elección para el castellano de pase, en lugar de paso?

Cada uno saque sus propias conclusiones -para ello, adjunto al final del texto las definiciones recogidas por el Diccionario de la lengua española de la Real Academia-. Por supuesto, también puede deducirse la mía, pero lo que realmente más me interesa es introducir ciertas reflexiones y comentarios que denotan la importancia de una u otra elección, cuyo alcance siempre va mucho más lejos de lo que parecería a simple vista.

Vaya, de entrada, el hecho que no es lo mismo el uso terminológico, en un campo especializado, que el uso común de una palabra. Lo cual tampoco evita que las connotaciones derivadas del uso común alcancen también al uso terminológico (este sería otro tema también extenso).

Tanto pase como paso dan cuenta de la acción y efecto de pasar, cualquiera de las dos serviría, indistintamente.

En cuanto a pase, es algo que se muestra a alguien que tiene capacidad de decidir, lo cual remite a la existencia de una autoridad externa que sanciona o no la posibilidad, fijémonos bien, de entrar a algún sitio. Por otro lado, ese algo que se muestra no es cualquier cosa, digamos que ya está convenido de qué se trata, y por tanto se trata únicamente de verificar si la enunciación coincide con lo (ya) enunciado. Tiene que ver también con la nominación (es nominal, concedido por alguien autorizado) y, en cualquier caso, nominal o no, el peso recae sobre el objeto (y el lugar) y no sobre el sujeto, que hace las veces de mero portador. Digamos que entraríamos en una dialéctica de inclusión/exclusión en relación con el tener.

Respecto a paso, aun haciendo referencia a un lugar, se pone más bien el acento sobre el movimiento y lo transitorio, pero también sobre el acontecimiento y la experiencia (no olvidemos las resonancias de la definición del concepto en psicoanálisis como de transmisión de un saber… en la experiencia, y los debates sobre la permanencia del AE). Implica una puesta a prueba de nuestro deseo e implica una decisión personal, lo que apunta a la responsabilidad sobre un acto como pura enunciación, que no aparece en la otra acepción donde, como mucho, lo subjetivo podría remitir a una cierta habilidad. En un paso, se pone el hincapié en el lugar por el que se pasa, mientras que en el pase, por tratarse de una entrada, lo importante es el lugar que al que se pasa (¿podríamos hablar de función y estatuto?). En fin, tiene más confluencias con el autorizarse a sí mismo que con el reconocimiento.

Vayamos ahora a la cuestión sintáctica, la estructura en funcionamiento, para lo cual propongo un pequeño ejercicio: faire la passe… ¿hacer el pase?, ¿hacer el paso? o… ¿dar el paso?

Lo dicho: a cada cual su respuesta. Ahora bien, después de tantos años en los que el término pase ha sido plenamente difundido, y por tanto establecido, si vuestra respuesta va en sentido contrario a la tradición, ¿quién le pone el cascabel al gato?

 

Valencia, diciembre de 2000

* * *

pase1

1. m. Acción y efecto de pasar.

2. [m.]Acción y efecto de pasar en el juego.

3. [m.]Cada uno de los movimientos que hace con las manos el magnetizador, ya a distancia, ya tocando ligeramente el cuerpo de la persona que quiere someter a su influencia.

4. [m.]Esgr. finta2, amago de golpe.

5. [m.]Taurom. Cada una de las veces que el torero, después de haber llamado o citado al toro con la muleta, lo deja pasar, sin intentar clavarle la espada.

de castigo

1. Taurom. El que da el torero de modo que el toro haga un gran esfuerzo en la embestida y pierda poderío.

de muleta

1. Taurom. Cada una de las veces que el matador deja pasar al toro para preparación o adorno.

pase2

Imper. del verbo pasar, palabra con que por lo común empiezan esta clase de documentos.

1. m. Permiso que da un tribunal o superior para que use de un privilegio, licencia o gracia.

2. [m.]Dado por escrito, se suele tomar por pasaporte en algunos países.

3. [m.]Licencia por escrito, para pasar algunos géneros de un lugar a otro; para transitar por algún sitio, para penetrar en un local; para viajar gratuitamente, etc.

4. [m.]El que da el Estado a los rescriptos y bulas pontificias y a los agentes extranjeros.

de pernocta

1. El que se da a los soldados para que puedan ir a dormir a sus casas.

* * *

paso1

Del lat. passus.

1. m. Movimiento de cada uno de los pies para ir de una parte a otra.

2. [m.]Espacio que comprende la longitud de un pie y la distancia entre este y el talón del que se ha movido hacia adelante.

3. [m.]paso romano.

4. [m.]peldaño, escalón.

5. [m.]Movimiento regular y cómodo con que camina todo cuadrúpedo, levantando sus extremidades una a una y sin dar lugar a salto o suspensión alguna.

6. [m.]Acción de pasar.

7. [m.]Lugar o sitio por donde se pasa de una parte a otra.

8. [m.]Diligencia que se hace en solicitud de una cosa. Ú. m. en pl.

9. [m.]Estampa o huella que queda impresa al andar.

10. [m.]Licencia o concesión de poder pasar sin estorbo.

11. [m.]Licencia o facultad de transferir a otro la gracia, merced, empleo o dignidad que uno tiene.

12. [m.]exequátur.

13. [m.]En los estudios, especialmente de gramática, ascenso de una clase a otra.

14. [m.]Repaso o explicación que hace el pasante a sus discípulos, o conferencia de estos entre sí sobre las materias que estudian.

15. [m.]Lance o suceso digno de reparo.

16. [m.]Adelantamiento que se hace en cualquier situación, de ingenio, virtud, estado, ocupación, empleo, etc.

17. [m.]Movimiento seguido con que anda un ser animado.

18. [m.]Modo o manera de andar.

19. [m.]Trance de la muerte o cualquier otro grave conflicto.

20. [m.]Cualquiera de los sucesos más notables de la Pasión de Jesucristo.

21. [m.]Efigie o grupo que representa un suceso de la Pasión de Cristo, y se saca en procesión por la Semana Santa.

22. [m.]Lucha o combate que en determinado lugar de tránsito se obligaban a mantener uno o más caballeros contra todos los que acudieran a su reto.

23. [m.]Cada una de las mudanzas que se hacen en los bailes.

24. [m.]Cláusula o pasaje de un libro o escrito.

25. [m.]Puntada larga que se da en la ropa cuando, por usada, está clara y próxima a romperse.

26. [m.]Puntada larga que se da para apuntar o hilvanar.

27. [m.]Acción o acto de la vida o conducta del hombre.

28. [m.]Pieza dramática muy breve; como, por ejemplo, el de Las aceitunas, de Lope de Rueda.

29. [m.]Cada uno de los avances que realiza un aparato contador.

30. [m.]Geogr. Estrecho de mar. PASO de Calais.

31. [m.]Mec. Distancia entre dos resaltes sucesivos en la hélice de un tornillo.

32. [m.]Mont. Sitio del monte, por donde acostumbra pasar la caza.

33. [m.]Vol. Tránsito de las aves de una región a otra para invernar o estar en el verano o primavera.

34. [m.]V. ave, mula de paso.

35. [m.]pl. Dep. En baloncesto, falta en que incurre el jugador que da más de tres pasos llevando la pelota en la mano.

36. adv. m. Blandamente.

37. [adv.]Quedo, en voz baja.

(Nota: excluyo de aquí las más de 3 páginas de expresiones y frases hechas que figuran en esta 1ª entrada de paso; la 2ª entrada carece de interés para nuestra referencia)

 

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Revista de Psicoanálisis y Cultura
Número 12 - Diciembre 2000
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